jueves, 10 de julio de 2008

LA CARIDAD POR JUAN PABLO I ( y II)

La segunda parte de la catequesis sobre la caridad en la audiencia general del 27 de septiembre de 1978


Por amor vuestro amo al prójimo. Estamos aquí ante dos amores que son «hermanos gemelos» e inseparables.
A algunas personas es fácil amarlas; a otras, difícil; no nos resultan simpáticas, nos han ofendido y hecho daño; sólo si amo a Dios en serio, llego a amarlas, en cuanto que son hijos de Dios y porque Dios me lo pide.
Jesús ha señalado también cómo amar al prójimo, o sea, no sólo con el sentimiento, sino también con las obras. Éste es el modo, dijo. Os preguntaré: tenía hambre en la persona de mis hermanos pequeños; ¿me habéis dado de comer cuando estaba hambriento? ¿Me habéis visitado cuando estaba enfermo? (cf. Mt 25, 34 ss.)
El catecismo concreta éstas y otras palabras de la Biblia en el doble elenco de las siete obras de misericordia corporales y las siete espirituales.
El elenco no está completo y haría falta ponerlo al día. Por ejemplo, entre los hambrientos hoy no se trata ya sólo de este o aquel individuo; hay pueblos enteros. Todos recordamos las graves palabras del Papa Pablo VI: «Con lastimera voz los pueblos hambrientos interpelan a los que abundan en riquezas. Y la Iglesia, conmovida ante tales gritos de angustia, llama a todos y cada uno de los hombres para que movidos por amor respondan finalmente al clamor de los hermanos» (Populorum progressio, 3) Aquí a la caridad se añade la justicia, porque —sigue diciendo Pablo VI— «la propiedad privada para nadie constituye un derecho incondicional y absoluto. Nadie puede reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la propia necesidad le sobra, en tanto que a los demás falta lo necesario» (Populorum progressio, 22) Por consiguiente «toda carrera aniquiladora de armamentos resulta un escándalo intolerable» (Populorum progressio, 53).
A la luz de estas expresiones tan fuertes se ve cuán lejanos estamos todavía —individuos y pueblos— de amar a los demás «como a nosotros mismos», según el mandamiento de Jesús.
Otro mandamiento: perdón de las ofensas recibidas. A este perdón parece que el Señor casi da precedencia sobre el culto: «Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda» (Mt 5, 23-24)
Las últimas palabras de la oración son: Señor, que os ame cada vez más. También aquí hay obediencia a un mandamiento de Dios, que ha puesto en nuestro corazón la sed del progreso.
De los palafitos, las cavernas y las primeras cabañas, hemos pasado a las casas, los palacios y los rascacielos; de los viajes a pie o a lomos de mulo o de camello, a los coches, los trenes y los aviones. Y se desea progresar todavía más con medios cada vez más rápidos, alcanzando metas cada vez más lejanas. Pero amar a Dios —ya lo hemos visto— es también un viaje: y Dios lo quiere cada vez más intenso y perfecto. Ha dicho a todos los suyos: «Vosotros sois la luz del mundo, la sal de la tierra» (cf. Mt 5, 13-14); «sed, pues, perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48).
Esto quiere decir amar a Dios no poco, sino muchísimo; no detenerse en el punto a que se ha llegado, sino con su ayuda avanzar en el amor.

18 años de mi Primera Misa solemne


El día 10 de julio de 1990 presidí por primera vez la Santa Misa en mi Parroquia de Santa Teresa de Jesús. Como aín no tenía templo propio la celebré en la Capilla de la Residencia de los Ancianitos Desamparados, que entonces hacía de parroquia. Ciertamente lo más importante para el Sacerdote es el día de su Ordenación, pero también queda en su recuerdo su Primera Misa.

Celebré la Misa de la Virgen María. No podía ser de otra manera pues Ella me había llevado a Jesucristo, a su Sacerdocio, y me quería poner bajo su amparo, a la vez de mirarla para siempre como modelo en mi vida sacerdotal.

miércoles, 9 de julio de 2008

CON LOS JÓVENES EN EL PARQUE DE ATRACCIONES DE MADRID



Hemos ido con los chavales que han estado participando en la catequesis en Confimación al parque de atracciones de Madrid. Hizo mucho calor pero lo pasamos muy bien. En esta foto veis solo un pequeño grupo de los que fuimos.

LA CARIDAD POR JUAN PABLO I (I)




En nuestra diócesis de Toledo ha sido el año de la caridad. Aquí tenemos una catequesis de Juan Pablo I sobre esta virtud teologal del 27 de septiembre de 1978. Con qué sencillez sabe decir cosas sublimes.




«Dios mío, con todo el corazón y sobre todas las cosas os amo a Vos, bien infinito y felicidad eterna nuestra; por amor vuestro amo al prójimo como a mí mismo y perdono las ofensas recibidas. Señor, haced que os ame cada vez más» Es una oración muy conocida entretejida con frases bíblicas. Me la enseñó mi madre. La rezo varias veces al día también ahora; y trataré de explicárosla palabra por palabra como lo haría un catequista de la parroquia.
Estamos en la «tercera lámpara de la santificación» de que hablaba el Papa Juan: la caridad.
Amo. En clase de filosofía, el profesor me decía: ¿Conoces el campanario de San Marcos? ¿Sí? Esto significa que éste ha entrado de alguna manera en tu mente; físicamente sigue estando donde estaba, pero ha impreso en tu interior una especie de retrato suyo intelectual. En cambio, ¿amas el campanario de San Marcos? Esto quiere decir que ese retrato te empuja desde dentro y te mueve, casi como que te lleva, te hace caminar con el alma hacia el campanario que está fuera. Resumiendo: amar significa viajar, correr con el corazón hacia el objeto amado. Dice la Imitación de Cristo: el que ama currit, volat, laetatur, corre, vuela, disfruta ( I. III, cap. V, 4).
Amar a Dios es, por tanto, viajar con el corazón hacia Dios. Un viaje precioso. De muchacho me entusiasmaban los viajes narrados por Julio Verne («Veinte mil leguas de viaje submarino», «De la tierra a la luna», «La vuelta al mundo en 80 días», etc). Pero los viajes del amor a Dios son mucho más interesantes. Están contados en las vidas de los santos. Por ejemplo, San Vicente de Paúl, cuya fiesta celebramos hoy, es un gigante de la caridad: amó a Dios como se ama a un padre y a una madre; él mismo fue un padre para prisioneros, enfermos, huérfanos y pobres. San Pedro Claver, consagrándose enteramente a Dios, se firmaba “Pedro, esclavo de los negros para siempre”.
El viaje comporta a veces sacrificios, pero éstos no nos deben detener. Jesús está en la cruz: ¿lo quieres besar? No puedes por menos de inclinarte hacia la cruz y dejar que te puncen algunas espinas de la corona, que tiene la cabeza del Señor (cf. Sales, Oeuvres, Annecy, t. XXI, pág. 153) No puedes hacer lo que el bueno de San Pedro que supo muy bien gritar «Viva Jesús» en el monte Tabor, donde había gozo, pero ni siquiera se dejó ver junto a Jesús en el monte Calvario, donde había peligro y dolor (cf. Sales, Oeuvres, t. XV, pág. 140)

martes, 8 de julio de 2008

18 AÑOS DE SACERDOCIO


Un día como hoy, pero domingo, el 8 de julio de 1990 fui ordenado Presbítero por el entonces Arzobispo de Toledo el Cardenal don Marcelo González Martín, en la Santa Catedral Primada de España. ¡Tantos nervios acumulados hicieron que todo pasara rapidísimo sin darme apenas cuanta!. ¡Y no digamos mi primera Misa!. El paso del tiempo hace que todo se saboree más y mejor. Ya el Apóstol Pablo se lo recomienda a Tito: "revive la gracia que recibiste por la imposición de manos!". He tenido la gracia inmensa de seguir feliz siendo sacerdote justo por esa actualización sacramental del Orden. Tantos años, tantos aparaentes fracasos apostólicos, tantas aparentes victorias...Tanta gente que he tenido la suerte de conocer en mis diversos destinos pastorales, gente tan santa que he enterrado, gente tan irredenta. Ya necesito ayuda como Moisés para levantar las manos y darle gracias enormle por el sacerdocio, por sentirme tan amado y elegido por Cristo a pesar de ser como soy, a veces desesperanzado y tibio.
He de declarar como san Juan Bosco lo hizo un día que "Todo lo ha hecho Ella".
En este día para mí tan significativo, tan emocionante y sensible, me vuelvo a poner bajo el amparo de Aquella por la que me vino Jesucristo y con Él mi vocación sacerdotal, y la sigo pidiendo que viva de aquel primer amor que me hizo sentir la mirada de predilección de Jesucristo por mí, indigno siervo suyo.


lunes, 7 de julio de 2008

PROMESA LEGIONARIA ( y III).BREVE EXPLICACIÓN


PARA COMPENDER MEJOR LA PROMESA LEGIONARIA


I.- Es muy común que al finalizar el mes de mayo nos consagremos individual o colectivamente a la Virgen. Algo parecido pasa en el mes de junio dedicado al Corazón de Jesús. Estas consagraciones no añaden nada nuevo a nuestra consagración bautismal sino que de alguna forma la actualizan, y los efectos que hicieron en nosotros vuelven a reverdecer, reviven, salen de nuevo a la superficie, pues el sacramento del bautismo imprimió carácter en el alma.
II.- La llamada promesa legionaria es igualmente una consagración y como tal no añade ninguna gracia especial, como las consagraciones de las que hemos hablado anteriormente, sino que hace posible que la gracia bautismal se vuelva a actualizar:
· Nos ponemos ante la presencia del Espíritu Santo y le pedimos que nos fecunde como fecundó las entrañas virginales de María o como ungió la naturaleza humana del Verbo encarnado en las aguas del Jordán. (así caemos en la cuenta de nuestra primera unción del Espíritu en el Bautismo y la segunda en la Confirmación)
· Declaramos que sin el Espíritu no podemos hacer nada pero que con Él lo podemos todo.
· Declaramos que queremos entrar en un movimiento apostólico -Legión de María- con un estilo propio, aprobado por la jerarquía de la Iglesia. De esta forma, la llamada del Señor al apostolado y a la santidad que recibimos un día en las aguas regeneradoras del bautismo, las hacemos vitalmente nuestras.
· Aceptar la disciplina legionaria quiere decir: que hemos visto que el estilo de la Legión nos agrada, aunque nada sea perfecto; que este conjunto de normas nos unifica en criterios en todo el mundo; que hace que el engranaje funcione. La Legión de María, desde 1917, ha ido añadiendo, quitando normas adecuándose a los tiempos. Aceptar la disciplina legionaria es aceptar su forma de actuar-que no es perfecto, reitero- y saber que no puedo cambiarlas a mi arbitrio o cuando yo quiera sin contar con el Consejo Superior.
III.- La promesa legionaria no es por tanto ningún voto al modo de lo que se hace en una congregación religiosa. No es algo que me una a perpetuidad y que si rompo por cualquier motivo es pecado. Sólo es una declaración de amor y de intenciones. Si en un momento dado se cree oportuno dejar la Legión por lo que sea, no se comete ninguna falta ni venial siquiera. Por eso no tenemos que tener ningún miedo a este acto tan precioso y emotivo que es la promesa legionaria.

domingo, 6 de julio de 2008

PROMESA LEGIONARIA (II)


Ella es la Madre de mi alma.

Su corazón y el mío son uno; y desde ese único corazón vuelve Ella a decir lo que dijo entonces: "He aquí la esclava del Señor".

Y otra vez vienes Tú por medio de Ella para hacer grandes cosas.

Cúbrame Tu poder, y ven a mi alma con fuego y amor,

y hazla una con el amor de María y la voluntad de María de salvar al mundo;

para que yo sea pura en Aquella que por Ti fue hecha inmaculada;

para que por Ti crezca en mí también mi Señor Jesucristo;

para que yo con Ella, su Madre, pueda ofrecerle al mundo y a las almas que le necesitan;

para que, ganada la batalla, esas almas y yo

podamos reinar con Ella eternamente en la gloria de la Santísima Trinidad.

Confiado en que en este día quieras Tú recibirme por tal y

servirte de mí y convertir mi debilidad en fortaleza,

tomo mi puesto en las filas de la Legión

y me atrevo a prometer ser fiel en mi servicio.

Me someteré por completo a su disciplina,

que me liga a mis hermanos legionarios y hace de nosotros un ejército,

y mantiene nuestra alineación en nuestro avance con María,

para ejecutar tu voluntad, para obrar tus milagros de gracia

que renovarán la faz de la tierra,

y establecerán, Santísimo Espíritu, tu reinado sobre los seres todos.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.