lunes, 21 de mayo de 2012

CÓMO AMAR A MARÍA VIRGEN, CON QUÉ MEDIDA


I.- Como dice san Luis María Grignon de Montfort, hay muchos cristianos escrupulosos que no hablan tanto de la Virgen como debieran, porque creen que si lo hacen, hacen de menos a Jesucristo. Quizá ocurre lo mismo en muchos predicadores… Sin embargo san Bernardo de Claraval dice que “de Virgo María nunquam satis”, esto es, que nunca se ha predicado suficientemente de Ella.

¿Qué podemos hacer para saber la justa medida de cómo amarla y de cuánto amarla? El evangelio nos da unas pistas. Así dice, por ejemplo el evangelio de san Juan: El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios. (Jn 16,25).

Si el Padre Eterno nos quiere porque hemos acogido a Cristo en nuestras vidas, porque le queremos, porque sabemos su identidad humano-divina, y eso que lo hacemos a medio pulmón. ¿Cómo tiene que ser entonces el amor de Dios Padre con la Virgen?  Porque Ella ama a Jesucristo con todo su ser, porque sabe por experiencia vital que ha salido de Dios, de su exclusiva voluntad.

          Si repasamos su vida vemos las delicadezas que Dios ha tenido con Ella y que a su vez Ella se ha ganado. Desde ser inmaculada, sin pecado, pasando por ser madre y virgen, para llegar a ser asunta al cielo en cuerpo y alma como hizo su Hijo un día. Vemos entonces cómo Dios Padre la ha amado y la sigue manteniendo su amor eternamente. Esta, entonces, es la medida que tenemos que usar a la hora de amar y de predicar sobre nuestra Señora.

II.- Los santos son ejemplo de cómo hacerlo. De echo, no hay ningún santo que esté canonizado, ni los santos anónimos, que no hayan profesado un amor delicado y profundo hacia la Madre de Dios. San Juan de Ávila, patrono del clero secular y próximo doctor de la Iglesia, llega decir rotundamente esta expresión tan vital: Más quisiera estar yo sin pellejo que sin devoción a la Virgen Santísima. Es que es consciente este santo que la devoción a la Virgen centra, nos hace que no caigamos en extremismos malsanos y al decir eso de “sin pellejo” nos quiere decir que la devoción a la Virgen ha de estar en nuestro ADN siendo parte de nuestro ser, vivir y actuar.

Os traigo otro ejemplo: san Bernardo que es el último santo Padre de la Iglesia, y que puso las bases para la Mariología. Arrasaba en sus predicaciones. Cuando iba a las aldeas predicando, las madres escondían a sus hijos, las novias a sus novios, porque cuando hablaba de la Virgen, se convertía en una especie de flautista de Hamelín que los arrastraba a los conventos. ¡Ay, si nosotros hablásemos de María con la mitad de su fervor y unción! Como no hay dos sin tres os traigo a san Juan Bosco, sacerdote italiano del siglo XIX que se dedicó por entero al cuidado de los jóvenes, dándoles formación en los tiempos de la revolución industrial. Cuando estaba consumidito por la vejez y el cansancio físico, rechazaba la alabanza de la sociedad, de los muchachos, de los obispos y decía sin parar: Ella lo ha hecho todo, la Virgen lo ha hecho todo.

Podríamos citar a nuestro Ildefonso, y a tantos otros. Esos tres son suficientes para hacernos ver cómo a los largo de los años se ha amado y predicado a la Virgen, y cómo es que cuando se hacen las cosas en Ella las labores son más fructuosas. Los santos, gentes  que han sido como tu y como yo, nos enseñan también cómo amarla.

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